OBESIDAD Y SÍNROME DE DOWN

OBESIDAD Y SÍNROME DE DOWN

En los niños con Síndrome de Down, el crecimiento sucede de forma algo diferente.

Al inicio es más acelerado pero en los siguientes años se ralentiza, lo que conduce a una estatura más corta que la población general.

Esto reduce las necesidades de alimento en comparación a los demás niños, aunque el hambre no esté reducida, por lo que existe cierta predisposición al sobrepeso y obesidad, especialmente entre los adolescentes y adultos.

La obesidad agrava las alteraciones cardíacas y la hipotonía muscular, por lo que tanto padres como profesionales deben luchar por una buena educación en los hábitos dietéticos desde el nacimiento.

Uno de los hábitos más equilibrados que pueden ayudar a evitar problemas de peso es la fragmentación de la dieta.

Comer varias veces al día beneficia al organismo, tanto desde el punto de vista físico como emocional.

Para asimilar bien los nutrientes procedentes de los alimentos se debe comer cada 3 horas, de esta manera se mantienen mejor los niveles de glucosa en el torrente sanguíneo.

Gran parte de los nutricionistas recomendamos un total de cinco comidas repartidas durante todo el día: desayuno, media mañana, almuerzo, merienda y cena.

Entre el desayuno y la toma de la media mañana se debe aportar entre un 25% y 30% calórico respecto al total de la ingesta diaria.

Por la mañana es necesario un buen aporte de energía para luchar contra los estragos del ayuno prolongado después del sueño.

No desayunar puede provocar trastornos como consecuencia de la falta de glucosa (hipoglucemia): decaimiento, falta de concentración, disminución en el rendimiento y alteraciones en el humor.

El desayuno debe contener cereales calientes (crema de centeno, crema de trigo sarraceno, avena, etc.) o fríos integrales (arroz, maíz o mijo inflados, muesli, etc.), panecillos, panes y galletas integrales (se pueden acompañar de mantequilla o margarina, mermelada, compota de fruta, mantequilla de cacahuetes, mantequilla de sésamo, jamón o charcutería poco grasa, pescado en conserva como el atún enlatado, huevo,  etc.).

La bollería, dulces y repostería industrial aportan grasas y azúcares simples, excluirlos de la dieta. En caso de consumirlos, hacerlo de forma moderada y esporádica.

Además, debe haber presencia de frutas (naturales o en forma de zumo) y lácteos (lácteos, yogures, quesos o postres lácteos.

El almuerzo (comida del medio día) debe aportar entre un 30% y 35% calórico respecto al total de la dieta diaria.

Podría incluir el grupo de los farináceos (pasta, arroz, patata o legumbre), un plato de proteína de origen animal (carne, pescado, marisco o huevo), verdura (cocinada o en forma de ensalada) y un postre formado por fruta o lácteo.

Es recomendable el uso de aceite de oliva o de semillas para aliñar, pan de acompañamiento y agua para beber (en ocasiones esporádicas se pueden tomar refrescos o zumos).

La merienda debe aportar entre un 10% y 15% calórico respecto al total de la alimentación diaria.

Es importante especialmente cuando se cena muy tarde. Se trata de un pequeño tentempié que ayuda a mantener la energía hasta la hora de la cena.

La última toma del día debe aportar entre un 25 y 30% calórico respecto al total de la alimentación diaria.

Debe ser similar a la comida, aunque algo más ligera y fácil de digerir para poder facilitar el sueño y descanso nocturno.

Hay que reducir las preparaciones ricas en grasas y flatulentas.

El menú de la cena debe complementar son la comida del almuerzo para conseguir el equilibrio.